Siempre he creído que para que nuestros hijos crean en la educación que les damos, debemos ante todo ser el primer y mejor ejemplo, y aquella frase que nos decían de pequeños "…termínatelo todo que hay niños que pasan hambre..", debemos sentirla, vivirla y verla con nuestros propios ojos para creerlo de verdad. Así empieza nuestro viaje por libre a Marruecos. Durante 3 años hemos ido guardando ropa, zapatos y juguetes, y el material escolar fue por una recolecta familiar en la que todos pusieron un dinerito para comprar material nuevo. Pero no solo los niños aprenden de los padres, sino que nuestros hijos nos enseñan por su lado sentimientos que quizá ya habíamos olvidado. Así fue cuando mi hija mayor de 10 años me dijo que se le había ocurrido envolver los juguetes con papel de regalo, pues no era igual recibir un juguete si no estaba envuelto. Y así lo preparó con su hermana menor. También le puso etiquetas a la ropa para que pudiéramos dar la ropa adecuada, para niños, adultos y adolescentes.
Partimos con nuestro vehiculo particular desde el mismo camping, cruzando el estrecho en el Ferry y esa misma noche llegamos a Xaouen al norte de Marruecos. En nuestras reuniones familiares, planeábamos bien como lo íbamos a hacer y de que manera. Para empezar no debíamos llamar mucho la atención, ni vestimentas llamativas, ni anillos, ni pendientes, ni nada que pudiera hacerles sentir lo lejos que estaban de llegar a tener una vida digna y feliz. La otra estrategia era ir parando a lo largo de las 6 horas diarias de carretera que hacíamos todos los días, por los poblados más remotos, nada de ciudades y donde no hubiera mucha gente, pues cuando paras y empiezas a repartir, aparecen cientos de niños de no se sabe donde , y se abalanzan para no quedarse sin sorpresa, y luego piden para los hermanos y los padres, y se llega a situaciones donde hay que marcharse y se queda la imagen de el niño más débil que se quedó sin nada, pues los más espabilados se lo arrebataron todo. Así que elegíamos chabolas donde veíamos una familia, siempre una madre para pedir permiso, y niños que jugaban con tierra. Si podía ser también chicas adolescentes que veíamos ayudar a su madre a recoger la siembra del día. Cuando uno gritaba: ¡ he visto una familia! para el coche!. Entonces ya nos poníamos emocionados. Bajaba yo del coche con las niñas y ya cogíamos un regalito(juguete envuelto) para presentarnos. Bonjour y una amplia sonrisa era nuestro pasaporte para acceder a sus vidas. A veces tenían miedo, otras veces les hacía gracia, pero todos terminaban abrazándonos y diciendo: chucram (gracias) y Bessalama (ir con dios). Algunos corrían dentro de sus chabolas y salían con un huevo que nos regalaban de la gallina que acababa de poner. Es lo único que tenían para ofrecernos y aquellos actos amorosos nos parecía el regalo más grande y emotivo que nos podían dar. Cuando entras en Marruecos por primera vez y ves los miles y miles de kilómetros de chabolismo, de contaminación, de no tener agua potable, ni medio de transporte, te parecen todos pobres. Y luego descubres tres clases de pobres: el "pobre" más acomodado, tiene una mula joven y un carro, el "pobre"que le sigue, tiene una mula vieja que se morirá en breve, en el trayecto para ir a buscar agua al pozo que se encuentra a una infinidad de kilómetros. Y finalmente el "pobre" más pobre de todos, que no tiene mula y que ni siquiera puede mandar los niños a la escuela, porque en miles de kilómetros a su alrededor no hay absolutamente nada de nada(ver la foto con el huevo que nos regalaron). Allí no había nada más que polvo para masticar. Hay imágenes y momentos que a ninguno de los 4 se nos podrá borrar de la memoria.
En resumen repartimos entre las siguientes paradas. De Xaouen, pasando por Meknes pero parando a dormir en Azrou. De Azrou directos hacia Marrakech, repartiendo ilusión durante todo el trayecto. Sabemos con certeza que en la vida de esas personas, jamás les había ocurrido nada parecido, y aún sabiendo que no íbamos a cambiar sus vidas ni sacarles de la miseria, aquello había resultado ser un momento alegre en sus vidas que jamás iban a olvidar. De Marrakech fuimos a Essaouira y de Essaouira a Agadir. Nuestra intención era bajar hasta el desierto de Merzouga, pero en 7 días eran demasiados kilómetros y no nos daba tiempo. Así que queda pendiente dentro de otros dos añitos, ir directamente al desierto. Y dejando Marruecos sabemos que ellos nos han aportado más que nosotros a ellos. Ellos han dejado la lección más importante en nuestras vidas, aquella lección que la escuela jamás podrá enseñarnos, aquella lección que se siente y permanece por siempre en nuestras vidas. La lección de la humildad verdadera, la lección de ofrecer una sonrisa y un abrazo desde la
más profunda pobreza y a cambio de "Nada".















